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domingo, 30 de mayo de 2010

CHERNOBIL EN LA MEMORIA

Con todos los años que han pasado desde la tragedia no debemos permitir que se pierda en la memoria lo que pasó en abril de 1986.
Todas las muertes directas o con los años. La labor de los “Liquidadores” miles de hombres que dejaron sus vidas en esos días o años después en un trabajo infrahumano para sellar el reactor. La poca ayuda que se recibió del resto del mundo cuando al fin la entonces URSS reconoció la tragedia. Las condiciones de vida de los evacuados y los pocos estudios que llevan a cabo sobre un hecho que afecta a todo el planeta y a las decisiones de seguir apostando por la energía nuclear.
Chernóbil aún tiene mucho que decir y mucho que reflexionar todos con sus consecuencias.

FLORES EN CHERNOBIL

Poco a poco la contaminación ambiental ha ido normalizándose, pero las partículas radioactivas se han adentrado en la tierra donde se cultivan la mayoría de los alimentos que los más de 10000 habitantes de la zona consumen diariamente, la tierra donde pastan sus vacas, donde se crían sus gallinas.
Ahora Ludmila y un equipo de “madres coraje” trabajan infatigablemente para que los niños y niñas de esta zona se alejen del lugar contaminado al menos dos meses al año, y colaboran con diferentes organizaciones que promueven el acogimiento de estos menores en familias españolas.
En nuestra reunión también se encuentra Lidia Ivanovna, representante de una ONG valenciana, Ucrania 2000, que desde 1994 ayuda a niños y niñas afectados por Chernobil. Ella vivía en Kiev en aquella época, a más de 100 km. de la Central Nuclear, y también recuerda cómo los niños y niñas fueron evacuados de la capital un mes más tarde. “Había ocurrido muy lejos, y la gente solía hacer toda clase de chistes sobre el incendio y sobre la evacuación.
Pero pronto descubrimos que el asunto era serio. Mi padre compró un dosímetro”, nos cuenta, “y cuando lo pasamos por la repisa de la ventana llena de polvo y marcó la dosis tan elevada de radiactividad, nos asustamos de verdad. No era para bromear. Y deseamos dejar de sentir el sabor metálico en nuestra boca, el sabor a plomo radioactivo...”.
Las autoridades ucranianas no informaron entonces de la magnitud de la tragedia, y siguen sin hacerlo ahora, 21 años más tarde.
Tras nuestro encuentro, y después de relatarnos los recuerdos del 86, una furgoneta nos lleva a visitar el sarcófago agrietado que cubre los escombros radioactivos que tantas desgracias han causado.
Al atravesar el primero de los tres controles de acceso a la Central, nos adentramos en un área de bosques de la superficie de Luxemburgo, donde vivían más de 200000 personas, que 48 de la tragedia fueron realojadas en diferentes zonas de la antigua Unión Soviética, teóricamente fuera del peligro.

Les dijeron que llevasen consigo ropa y víveres para un par de días, pero nunca volvieron a sus casas. Todos, excepto unos cuantos, a los que, la nostalgia, la mala calidad de las viviendas que les ofrecieron, y la pésima acogida en estas ciudades por parte de algunas personas que los consideraban “infectados”, les hicieron regresar.
Sergei, el guía que nos acompaña en nuestra visita a Chernobil, nos explica que hoy en día viven 350 personas en el área prohibida. Casi todos son mayores, han vivido toda su vida en la zona, y no entienden por qué el gobierno ucraniano no les permitió regresar a sus hogares después del incendio.

Actualmente las autoridades ya no les presionan a salir. El gobierno sabe de su existencia, e incluso les han bautizado con el nombre de samasyol, que significa “los que viven en la zona prohibida”. Estas personas, en su mayoría ancianos, viven aislados unos de otros, y distribuidos en 9 aldeas y una ciudad, Chernóbil. Ignoran las prohibiciones de recoger vayas y setas de los bosques. Algunos tienen cerdos, gallinas y vacas, que les aseguran la supervivencia.


Nos sorprende cuando nos explican que, además de estos samasyol, Chernóbil también tiene una población intermitente, la de 6000 personas que todavía trabajan directa o indirectamente en la Central. 3000 de ellos, llegan cada día en tren desde la Ciudad de Slavutich, la que se construyó tres años después de la catástrofe a 30 km. al este de la Central. Estos trabajadores participan en la construcción del cementerio nuclear que albergará los residuos radioactivos de todas las ciudades de Ucrania. Su trabajo está considerado de alto riesgo, y perciben salarios de 400 Euros mensuales.
La mitad, unos 200 Euros, perciben los que participan en las tareas de reforestación del bosque, y en los que descontaminan el metal que quedó, otros tres mil aproximadamente. Estas personas constituyen la población intermitente de Chernóbil, que vive en la ciudad evacuada de lunes a jueves, o semanas enteras alternas.
Nuestro guía nos proporciona un dosímetro, que mide la radiación ambiental en nuestra visita. Cuando pasamos el segundo control, el que lleva a la ciudad abandonada de Prypiat, la más cercana a los reactores, el nivel de radiación sube de manera escandalosa. Estamos pasando por la mancha radioactiva que el guía nos ha mostrado en el mapa antes de comenzar la excursión. “La radioactiviad”, nos comenta el guía, “no se ve, ni se siente, pero puede matar, poco a poco”.
Hasta hace poco, un grupo de 80 científicos han estado estudiando las consecuencias de la catástrofe en animales, pero los estudios no han sido concluyentes, o al menos, no han sido publicados. La financiación se terminó hace un año, y los científicos volvieron a sus casas.
Safka y su mujer no hicieron caso de las recomendaciones ni prohibiciones. Ellos, como otros muchos ancianos, volvieron al lugar que los vio nacer, a sus bosques, a su casa, volvieron a cultivar sus tierras, y vieron nacer las flores de nuevo. Nos invita a su casa a verlas, pero no queda tiempo, pues nos acaban de hablar de otra flor que también nació y creció en Chernobil hace siete años. La única niña que vive en la zona. Decidimos ir a visitarla. Llegamos a la casa de madera, pintada de alegres colores, que contrasta con la desolación del entorno. Comienza a llover, y el color de las flores que crecen delante del porche parece todavía destacar más.
Nos recibe Lidia, de 55 años, una mujer de complexión fuerte y mirada intensa, la madre de María, que nos cuenta su historia. Ella no vivía en Chernóbil cuando ocurrió el incendio, sino en Dnipropetrosk, a muchos kms. de allí. Trabajaba en una fábrica de armas, que como muchas de la zona, cerró en los años 90. Lidia, con tres hijos mayores y abandonada por su marido, no tenía donde vivir. No recibía ninguna pensión y no encontraba trabajo. Una amiga le habló de la región de Chernóbil. Le dijo que allí había cientos de casas abandonadas, que con unos insignificantes arreglos, podían ser su hogar.
Lidia era consciente de donde iba. Sabía que lo que hacía no era legal, ni sano, pero sus hijos ya tenían su vida y no se ocuparían de ella. Ella tenía poco que perder, y si permanecía en su ciudad, acabaría mendigando. Cuando llegó a Chernóbil, ocupó uno de los apartamentos de los miles abandonados, y más tarde conoció a Víctor, uno de los otros samasyol de la zona, con quien se casó. Años más tarde, en 1999, nació María.

Durante seis años, la pequeña ha vivido con sus padres, sin relacionarse apenas con otros niños, ni asistir al colegio. Nos relata Lidia cómo tuvo que esconder a María en varias ocasiones que vino la policía a su casa a buscarles.
Admite, porque aunque las autoridades pueden ignorar la resistencia de los ancianos que se niegan a abandonar la zona, con los niños, o mejor dicho, con la única niña, han intentado por todos los medios aplicar las leyes. Pero no lo han conseguido, y la familia continua en el área contaminada.
Desde hace un año asiste al colegio de Ivankiv, pero aún así María apenas nos habla. Es introvertida y tímida. El año pasado, Lidia decidió dejar a su marido y ocupó otra de las casas abandonadas de la región. “Víctor bebe”, afirma la madre, “y aquí es fácil encontrar un lugar donde vivir, y la tierra da productos con los que alimentarnos”.
Los representantes de la ONG española le hablan de su proyecto de acogimiento en España para mejorar la salud de los menores, y le preguntan a la madre qué le parecía que su hija participase en el programa el año que siguiente. “Claro que sí”, contesta, “yo quiero lo mejor para ella”. El verano del 2008 María viajará a España. Lidia sabe lo que dicen de Chernobil, pero afirma que ella y su hija se encuentran bien, y aunque no ha recibido nunca un reconocimiento médico exhaustivo, afirma, “su aspecto es saludable”, y es verdad. Es una niña preciosa. Aunque su mirada es triste, es hermosa, como las flores que crecen en Chernobil.

Fuente: juntosporlavida.org

APAGA LA MÚSICA SI QUIERES ESCUCHAR EL VIDEO.

1 comentario:

Geraldine dijo...

La verdad es que se me han saltado las lágrimas amiga con la historia de María y con esas imágenes. Los peores infiernos los crea el hombre no cabe duda.
Emotivo artículo, de verdad.
EN LA MEMORIA QUEDA.

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